martes, 22 de abril de 2014

La casa, la foto... crónica en Macondo

Mi tributo a Gabriel García Márquez se escribió el miércoles 15 de septiembre de 2004. El día 17 sería publicado en la página B-5 del Diario La Verdad, cuerpo de Entretanto, suplemento que por varios años me tocó editar y luego de haber regresado de un viaje a Santa Marta, donde estuve varios días invitada por Hermmankis Parra y la gente del grupo actoral Acción Creativa, para cubrir la presentación de Venezuela en el Festival Internacional de Teatro de esa ciudad.

Hice juego en el equipo reporteril gratamente y como siempre con la lente cultural de "Cheo" Nava. Debo confesar que para entonces, al bajar del autobús que nos dejó en tierra samaria -donde se posa la Quinta San Pedro Alejandrino y donde se eternizaron los últimos momentos de vida de El Libertador-; tenía "entre ceja y ceja" visitar la casa de Gabriel en Aracataca. Así fue, aunque mi fotógrafo no me acompañara. 

Yo quería ver aquella vieja máquina de escribir de donde pudo haber salido el Coronel, alguna foto de Luisa Santiaga, el árbol del patio que se parecería al Castaño de su novela más inmortal, oler el olor de la guayaba, toparme con las huellas del náufrago y si tenía suerte, vivir para contarlas. 

Quería encarar algún detalle que me recordara la jaula de Baltazar, el primero de sus cuentos que leí en el quinto grado gracias a la maestra Rux Aular (hoy directora en Maracaibo de las Escuelas Fe y Alegría), y que me obligó a conocer a ese hombre chaparro y con bigote, por cuya influencia tal vez me hice periodista. 

La experiencia fue genial. Tuve que sudar para encontrar cada palabra. Y ahí estaba de pared a pared: Macondo, Macondo, Macondo. Aunque nunca quisiera dejarse de llamar Aracataca, esa tierra es la madre de Márquez y Márquez fue el padre de esa tierra. 

Comencé a buscar legado, familia, mapas y hasta fotos, que me ayudaran a subsanar la poco culposa ausencia de Nava. ¡Él me estaba cubriendo la escapada! Besos mi negro.

En ese recorrido de autobus y luego en moto que hice gracias a una cola, a mi caminata en afortunada soledad entre las paredes de aquellas estructuras que ahora no existen porque la casa fue totalmente remodelada, reuní ideas para rendir mi pequeño homenaje al premio nobel, al ejemplo admirable de todos los escritores de prensa diaria.  

¡Cuánto lamenta el mundo su partida!. A su familia quiero decir: "El Gabo" también era nuestro, así que no guarden su dolor y compártanlo, por favor.


La casa, la foto... Crónica en Macondo

Rita Padrón Carruyo
Diario LA VERDAD
Viernes 17 de septiembre de 2004


A las 10:05 el autobús de Fundación partió de Santa Marta y comenzó el recorrido hacia Aracataca departamento del Magdalena, lugar donde nació el ilustre hombre, periodista, escritor, señor de un pueblo de verdad que fue reinventado en su nombre. 
Del sitio del nacimiento leí en una biografía que antecedió el relato de La prodigiosa tarde de Baltazar, (cuentecito que desnudó en breve perfil al colombiano y su lugar igual de prodigioso entre los autores de América Latina, y que incidió en la necesidad de saber más acerca de los Premios Nobel cuando apenas entraba a acariciar los 11 años de edad). 
Las canciones de Rafael Escalona y las frases que hacían mención a la zona bananera, las cuales se imprimieron en La hojarasca, se comenzaron a pintar pasados 20 minutos en el verde de la plantación, explotada casi hasta morir por la United Fruit Company, y en los rieles interminables del tren de Santa Marta que más tarde apareció de súbito como un fantasma. 
Todo el recorrido de izquierda a derecha que los ojos hacen al disfrutar de alguna de las novelas, memorias y cuentos de Gabriel García Márquez, se repitió esta vez a través de la ventana; reflejo de una emoción que quería saltar afuera y al mismo tiempo, quedarse allí, sentada, al lado de la maestra Pancha, para poder desgastarse de puro mirar. 
El tren fue desplazado por los camioneros. Desde hace más de 20 años pasó de transportar pasajeros a sacar a pasear a otro viajante que era el carbón. "Mi papá me contó que hubo tal bonanza con la compañía bananera, que la gente quemaba los billetes porque no encontraban qué hacer con ellos. La única necesidad era la comida y, ya saciada, el pueblo se lanzó a las llamas del despilfarro, el sexo y otras pobredumbres", dijo e irrumpió en el sueño viajero la maestra Pancha, mientras seguían rodando las llantas de la Cooperativa de Transporte de la Guajira y se dejaban ver, por un lado, las montañas de la Sierra Nevada y, por el otro, lo que creí era la Ciénaga Grande de Santa Marta.Ya eran las 10.30 de la mañana. 
¡Por fin! ubicación en esta travesía hacia el Sur. Un letrero señaló que pasaba por la Gran Vía, en la carretera a Orihueca, a unos cuantos caseríos más del destino final que era Aracataca. Transcurridos minutos más tarde, el chofer dijo: "Mi niña, ya casi llegamos. Se baja por el estadio". 
El pueblo pro todos creído y llamado Macondo es tan o más deprimido que nuestro Moján. Pero de eso no se habla, no esta vez. Porque atendí el petitorio de la profesora de Literatura de la Institución Educativa Departamental Mixta Gabriel García Márquez, Aura Ballestero, quien me aseguró que "lamentablemente los periodistas vienen a mirar la superficie de Aracataca; a hablar de ignorancia y a fotografiar niños barrigones con la peor de sus caras". 
En la escuela, los niños de cero, primero y segundo grado leen Sólo vine a hablar por teléfono. Los de tercero, cuarto y quinto grado, El relato de un náufrago. Los de sexto y  séptimo grado, El Coronel no tiene quien le escriba. Los de octavo y noveno, La hojarasca. Los del décimo al onceavo, El otoño del patriarca, y los adultos particulares mayores de 18 años, Cien años de soledad. ¡Impresionante! Todos saben, hablan, respiran y disfrutan volando encima de sus carencias, montados sobre las mariposas del "Gabo".

Cuatro paredes 
Las piernas tenían un tic nervioso. Eran presionadas por la inquietud producida por querer ver ya la Casa Museo; esa que aparecía en la guía turística pintada de blanco. Al llegar al frente, bajando el triciclo (así le llaman en Aracataca a la bicicleta que empuja un cajón de dos puestos y que recorre el camino de tierra hacia su destino final, por mil pesos), me di cuenta de que era una foto vieja. Ahora era verde.
- Buenas, ¿el director?- No está. Pero viene. 
Las piernas no podían esperar. Gente entra, gente sale. En una habitación que era una sala de conferencias forzada, desarollaban un coloquio. Entonces vino el respiro: así tenía que ser esa casa.
Doctores, abogados, ingenieros, arquitectos, biólogos, catedráticos, investigadores, escritores, periodistas, poetas y locos; todos -estaba segura- sentirían igual la emoción que experimenté al mirar la verdadera casa natal, ubicada como un cuarto de muñecas al fondo de la estructura nueva que daba la bienvenida a la calle y que llamaron Casa de la Cultura Gabriel García Márquez. Ella abría los fines de semana, feriados y de lunes a viernes, en horario de oficina.
El hallazgo fue quizá una desilusión para la vista que esperaba encontrar un castillo pulcro de recuerdos, pero sin dejar de producir un grito alegre en el corazón de la chiquilla:

"Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa. No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años".
 GGM, Vivir para contarla (2002). 

Eran cuatro paredes de tablas de madera divididas en dos secciones, que en principio tuve que recorrer en soledad a la espera del director guía. En ella, sillas muy usadas, un telégrafo, una máquina Olivetti moderna, un maletín, una cocinilla de gas de dos hornillas, una escultura y un mosaico de viejas pinturas y fotografías.
En la pared, al lado de la hornilla, están bien dispuestos los retratos de la pareja: Gabriel Eligio García, el telegrafista, lucía rasgos muy indígenas al lado derecho de su esposa Luisa. Di un paso hacia la izquierda y una presencia espectral casi se sincronizó con la frase dicha cuando todavía me encontraba en la soledad de la casa: "¡Esta señora tenía una cara de brava!", y la sensación de que alguien se acercó y se paró a mi lado acompañó una disculpa susurrada. Pero, qué fue aquello: ¿casualidad? ¿realismo? ¿realismo mágico? En ese momento, llegó el director.

Con el guía
"En la casa hay unos objetos que son originales de la familia García Márquez, cosas que de verdad ellos donaron o algunos de los familiares que quedan en este pueblo, que sólo son unos primos. Hay una samaritana un poco destruida, que estaba en el cuarto donde la familia iba a rezar. Los dos retratos de los padres de "Gabo": Luisa Santiaga Márquez, la mamá, y Gabriel Eligio García, el papá; firmados por Adriano. Hay más fotos: Con el rey Juan Carlos al momento de la entrega del Premio Nobel de 1982; una donada por su primera maestra, Rosa Elena Ferguson; fotos de los abuelos: el general Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, los propietarios de esta casa. Una foto de la misma mamá de "Gabo" a los 23 años, otras del escritor y una placa de la Embajada de España, dada por una comisión que nos visitó en el año 88. Tenemos estos cuadros que nos donó un estudiante de artes plásticas de Barranquilla que recrean el cómo él soñó que se veía el paisaje de Cien años de soledad  y el de El otoño del patriarca", me explicó Odorico Guerra Salgado, coordinador cultural de la Casa de la Cultura y la Casa Museo.
En una construcción en el patio trasero, ahora con el letrero de cafetería, quedaba la vieja cocina de la familia, acompañada de una plazoleta para tertulias culturales, un auditorio para eventos y un árbol de pivijay que lo hace muy agradable. La Escuela de Formación de Vocaciones Tempranas (Efamacondo), atiende a niños, jóvenes y adultos interesados por cualquiera de las artes. A la Casa Cultural también llegan los padres que cobran la "ayuda gubernamental para el estudio infantil", que llaman Plan Colombia.

El primo
 Se llama Nicolás, en honor del abuelo materno del escritor que había participado en numerosos conflictos bélicos colombianos, por eso, modelo de los diversos coroneles que atraviesan su obra.
Nicolás Arias, según se dijo, el único familiar de Gabriel García Márquez que queda en el pueblo, se encontraba disfrutando de su afición por el billar. Armado de un taco y una silla, en medio del propio conflicto de tocar con precisión las bolas, salió de su lucha para aclarar que nunca vivió con "Gabito" en su infancia. "Él se fue de Aracata y yo no había nacido. Gabo nació en el 28 y yo en el 36". El encuentro familiar se dio después de muchos años.
" Como está ahora, así no era la casa. Lo de hoy es una semejanza. Su estado, aunque la gente lo diga, no es culpa de "Gabito", quien dicen no ha hecho nada por el pueblo. Pero... ¿qué más queremos? Aracataca es conocido mundialmente por "Gabito". Él nació aquí, nos dio un título para que la Gobernación haga por el pueblo".

Cuatro lugares aquí son considerados patrimonio cultural nacional de Colombia por estar relacionados con la vida de Gabriel García Márquez: la estación de ferrrocarril, la Casa del Telegrafista, la iglesia San José de Aracataca, donde fue bautizado y la Casa Natal.

Se acabó el día, y el sueño fue realizado. Había que volver a seguir oliendo rosas amarillas en las tablas del teatro, que también es vida en la segunda patria de Bolívar.


Nota: Aquí no vio fotografías de Macondo. Siga pensándolo como lo soñó. Y le digo: fue un honor mostrarle una nueva versión del pueblo a través de estos ojos.

No hay comentarios: