
En la onceava edición del Festival Manuel Trujillo Durán en
Maracaibo me encontré de nuevo con los amigos de hace años. Vale decir, que ellos
nunca se van y sólo tienes que ir a buscarlos para que tu historia juntos
prosiga desde el mismo punto donde la dejaste.
Fui a ver el estreno en esta ciudad (ya le había ido bien en
el Festival Nacional de Cine 2010 y mejor en el Festival Latinoamericano y
Caribeño Margarita, en 2011, donde se alzó como mejor largometraje en su género)
de “Cabimas, donde todo comenzó”. 75 minutos de un documental bueno para el
cine venezolano, pero trágico como espejo de nuestra realidad nacional.
Agradeciendo de antemano el nuevo trabajo de Jacobo Penzo dedicado al
Zulia, no podía más que estar obligada a cumplir con un realizador que hizo y
seguirá dedicándole tiempo a las historias que van más allá de los peces que
fuman o de las mujeres de policías en los barrios de Caracas.
La historia de Carlos, un periodista retirado, “enloquecido”
de incomprensión por haber visto tanta realidad pateando la calle y preñado de incertidumbre sobre un futuro
incierto, se presentó en principio un poco desmembrada. No obstante, las piezas
comenzaron a juntarse al ver el rostro de Cabimas, una ciudad “fea” en
principio (lo dice el creador caroreño y el personaje principal), pero rica
para mostrar un retrato social modelado en negro petróleo.
El hilo reflexivo de Miguel Ángel Campos, historiador y mi
profesor de facultad, le dieron mayor sentido a la proeza de sacar partido
poético a una ciudad hecha de cuadrículas y estadísticas de producción; de una riqueza
árida, de una multivivencia de más de un siglo de explotación. “Si no fuera por el petróleo Venezuela sería una sociedad inferior a Haití”, dijo Campos para encender la alarma.
Se trata de un filme hecho en socialismo que no
escapa a la crítica yanqui, pero que nos mueve la fibra en cuanto a huellas de
nuestra identidad, al fotografiar en movimiento la memoria hablada, la memoria
urbana y la memoria espiritual.
El ruego de Jacobo Penzo me dejó sin palabras: “Ustedes que
vinieron a verla, díganle a sus amigos que por favor, paguen la entrada en el
circuito comercial”. Así sea. Yo creo que es una verdadera apuesta pedagógica a
lo que somos y dejamos de ser, una oportunidad para re-conocer un proyecto de
país que no por casualidad nació en el Zulia.
Maracaibo me encontré de nuevo con los amigos de hace años. Vale decir, que ellos
nunca se van y sólo tienes que ir a buscarlos para que tu historia juntos
prosiga desde el mismo punto donde la dejaste.
Fui a ver el estreno en esta ciudad (ya le había ido bien en
el Festival Nacional de Cine 2010 y mejor en el Festival Latinoamericano y
Caribeño Margarita, en 2011, donde se alzó como mejor largometraje en su género)
de “Cabimas, donde todo comenzó”. 75 minutos de un documental bueno para el
cine venezolano, pero trágico como espejo de nuestra realidad nacional.
Agradeciendo de antemano el nuevo trabajo de Jacobo Penzo dedicado al
Zulia, no podía más que estar obligada a cumplir con un realizador que hizo y
seguirá dedicándole tiempo a las historias que van más allá de los peces que
fuman o de las mujeres de policías en los barrios de Caracas.
La historia de Carlos, un periodista retirado, “enloquecido”
de incomprensión por haber visto tanta realidad pateando la calle y preñado de incertidumbre sobre un futuro
incierto, se presentó en principio un poco desmembrada. No obstante, las piezas
comenzaron a juntarse al ver el rostro de Cabimas, una ciudad “fea” en
principio (lo dice el creador caroreño y el personaje principal), pero rica
para mostrar un retrato social modelado en negro petróleo.
El hilo reflexivo de Miguel Ángel Campos, historiador y mi
profesor de facultad, le dieron mayor sentido a la proeza de sacar partido
poético a una ciudad hecha de cuadrículas y estadísticas de producción; de una riqueza
árida, de una multivivencia de más de un siglo de explotación. “Si no fuera por el petróleo Venezuela sería una sociedad inferior a Haití”, dijo Campos para encender la alarma.
Se trata de un filme hecho en socialismo que no
escapa a la crítica yanqui, pero que nos mueve la fibra en cuanto a huellas de
nuestra identidad, al fotografiar en movimiento la memoria hablada, la memoria
urbana y la memoria espiritual.
El ruego de Jacobo Penzo me dejó sin palabras: “Ustedes que
vinieron a verla, díganle a sus amigos que por favor, paguen la entrada en el
circuito comercial”. Así sea. Yo creo que es una verdadera apuesta pedagógica a
lo que somos y dejamos de ser, una oportunidad para re-conocer un proyecto de
país que no por casualidad nació en el Zulia.
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