sábado, 24 de julio de 2021

"Canción bolivariana" de Alí Primera

Hoy, 24 de julio, se cumple un año más del nacimiento del hombre más importante de los venezolanos. Muchos ilustres de nuestro país comparten su nombre: Simón. Y el “Bolívar”, actualmente despreciado como la moneda más débil del mundo, le hace mal honor a su apellido.
En la película “El Libertador” (2013), protagonizada por el admirado Édgar Ramírez y producida por el menos conocido Alberto Arvelo, me encanta cuando al principio del rodaje describen que Simón Bolívar peleó en unas 100 batallas en contra del imperio español en Suramérica, recorrió unas 70 mil millas a caballo, y que sus campañas militares superaron 12 veces en territorio a las del rey Alejandro Magno.
Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Monte y Blanco de América de Indias, liberó cinco naciones y las quería hacer hermanas como una “Gran Colombia”.
La “Canción bolivariana” de Alí Primera contiene las palabras que sobre él se grabaron más en mi corazón que cualquiera, y que permanecen durante toda mi vida. Más que las de su famosa Carta de Jamaica, más que la imagen de la pintura más fiel que lo retrata, la cual dicen es la del artista peruano José de Gil Castro.
Mi recuerdo más vivaz de las letras de Alí Primera y de su canto bolivariano, me llega a la mente desde un salón de clases, en una escuela de Fe y Alegría (Movimiento de Educación Popular y Promoción Social, nacido en Caracas, Venezuela); que era cristiana, católica, pero que adoctrinaba con un mensaje subliminal -que llegó a mí por 9 años-, de apoyo al movimiento obrero (el cual se suponía, seríamos nosotros en el futuro).
Allí me enseñaron a coser a máquina, a bordar, a cantar. Donde vendíamos rifas anuales para “ayudar a los niños sin escuela” (los que venían detrás de nosotros) y donde al llegar al último año de educación básica, nos echaron al mundo a nuestra suerte, porque el objetivo de ese colegio no era graduar bachilleres, sino formar hombres y mujeres listos para el trabajo sencillo, con bandera de dignidad.
Mucho tiempo después, entendí que yo estudié en un lugar ubicado en la escala más baja de una sociedad venezolana clasista, donde éramos mestizos, negros, indios y ningún niño rico blanco.
En mi escuela, mi maestro de Música Trino Chirinos, un afrodescendiente de ojos saltones, charrasqueaba un cuatro (instrumento musical del folclor venezolano), entonando para nosotros las canciones de Alí Primera. En vez de con temas infantiles, protagonizamos actos culturales para nuestros padres con canciones de protesta. Tocamos gaitas, exclamamos poemas latinoamericanos, leímos cuentos de Gabriel García Márquez e interpretamos obras de teatro de Aquiles Nazoa.
En mi escuela, hacíamos “maracas” (otro instrumento del folclor venezolano) con taparas (crescentia cujete) que arrancábamos de los árboles y máscaras de Diablos de Yare con papel maché. En esa escuela, nunca me enseñaron a hacer un prototipo o robot como los de la Nasa, mucho menos a escribir en computadora, ni me invitaron a pensar qué carrera me gustaría estudiar en la universidad. En esa escuela, vivíamos en fábula las luchas diarias del pensamiento bolivariano.
Hoy, cuando se cumplen 238 años del nacimiento del hombre más influyente de la historia colonial de América Latina, les comparto mi canción, y espero que entiendan que en la niñez no sabemos de imperialismo yanqui, no decidimos ser comunistas o socialistas, no nos enredamos en partidos políticos, porque no tenemos que ser nada, sólo niños. Pero, eso que nos hacen cantar y escuchar, cala mucho y definitivamente, nos define en el futuro. A mí en particular, ese tipo de enseñanza no me hizo mal, ni una mujer de izquierda o de derecha, sólo un ser pensante.
“Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. Simón Bolívar.

lunes, 15 de abril de 2019

Muerta en Notre Dame




Esta historia siempre la cuento cuando estamos en reunión de noche de espantos y aparecidos: El día que Vero Gonzalez @verosimiles me llevó a conocer la Catedral de Notre Dame, me habló de su antigüedad, la recorrimos juntas en su interior, oscura y gótica; de todo, menos santa, al menos como yo la sentí. 

Tal vez, fue porque supe de sus historias macabras de personas lanzadas desde las alturas del templo o porque todo lo gótico me da algo de miedo. Lo cierto es que yo quería ir a ver las gárgolas y a tomarme una foto con ellas, como si fueran Pluto o Mickey, en aquello que a mí me causaba la misma emoción que ir a Disney. 
Verónica no me acompañó, me dijo que ella ya había subido esas escaleras y que prefería quedarse abajo mientras yo subía. Comencé el recorrido después de pagar unos euros, cuya cantidad no recuerdo. Era una escalera de piedra en caracol que me llevaría hasta cierto punto de un costado de la catedral. Jamás a lo más alto, no era apto al público. Pero a mí igual me serviría ver París y mis gárgolas de “Quasimodo” desde donde fuera. 
Comencé a subir... a mitad de camino había una tienda de curiosidades y artículos como de época. Loca por arrancar un pedazo de ese ícono mundial y llevármelo a mis cajones de Maracaibo, me compré una pluma verde para escribir tipo las de Harry Potter, que nunca he usado. Las escaleras se hacían cada vez más angostas y cansonas. 
Tuve que parar más de una vez, porque por falta de aire me ahogaba. Me comencé a incomodar cuando vi que los muros igual se volvían más angostos, y con ellos el espacio para seguir subiendo. Eran más de 800 años de historia que se me venían cada vez más encima para aprisionarme. ¡No era cualquier cosa! Volteé a ver si alguien venía detrás de mí, para acompañar con camaradería la inquietante escena. Pero no, nadie abajo venía a empujarme en la subida.
Al levantar la vista al cielo empedrado, me helé del susto: ¡un visaje, un muerto, un aparecido! Tuve uno que otro cuando era muy niña. Se fueron alejando con la madurez de los años mozos. Pero ninguno como ese: era una mujer, no vi su cara. Me quedé pegada en su vestido frondoso, roído, celeste pálido y lleno de sangre. “¡Ay Chinita! ¡Protégeme!” Cerré los ojos y abrí. Sólo estábamos las delgaduchas escaleras y yo. Arropándonos una a la otra.
Pensé en devolverme volando, pero arriba o abajo, la distancia era la misma y mi compromiso con esa vista de París, que viajé a buscar tantos kilómetros, le ganó al terror por lo vivido. Salí al aire libre como pude, a respirar y a ver el paisaje un poco lúgubre del momento (dado el invierno de la época) Tomé la célebre foto a la vieja gárgola. Era obvio que después del susto, yo iba a salir más que fea, así que obvié la selfie. Sólo quería salir corriendo a buscar a Verónica y contarle. 
No recuerdo qué tan rápido bajé las escaleras ni cómo lo hice. La siguiente escena de mi película fue encontrar a Vero sentada en una banca, ecuánime y sabia como siempre es ella, y como si supiera exactamente lo que pasó, me miró y me dijo: “¿te asustaste verdad? ¡Nos vamos de esta verga!” Y nos reímos como buenas maracuchas. Esa es mi historia de Notre Dame. Que ahora arde en llamas. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Vivir con dignidad



La dignidad significó para el filósofo Kant que la persona humana no tiene precio, sino dignidad: "Aquello que constituye la condición para que algo sea un fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor intrínseco, esto es, dignidad". Para Jacques Maritain, el valor de la persona, su libertad, sus derechos, surgen del orden de las cosas naturalmente sagradas que llevan la señal del Padre de los seres. Dice que la persona tiene una dignidad absoluta porque está en relación directa con lo absoluto. Es decir, porque somos imagen y semejanza de Dios, en puros términos teológicos. El blog del profesor Charbel Matar, de donde se desprenden estas ideas, recalca que: La dignidad de la persona como valor central, emana de los valores como la justicia, la vida, la libertad, la igualdad, la seguridad y la solidaridad, las cuales son dimensiones básicas de la persona, que en cuanto tales se convierten en valores y determinan la existencia y legitimidad de todos los Derechos reconocidos por el ordenamiento jurídico. A su vez, esos valores (justicia, vida, libertad, igualdad, seguridad), dice el blog, están indisolublemente unidos por su raíz y fundamento: el valor de la dignidad de la persona humana. Para mi, vivir con dignidad es un derecho muy relacionado con todos los valores del Ser: El valor de la vida y el de la vida digna, que plantean muchos cuestionamientos desde el punto de vista religioso y hasta legal, no pueden circunscribirse al derecho de la libertad que nos remonta a la esclavitud de los pueblos, al sometimiento histórico o la alienación, como lo plantean los discursos políticos de la Venezuela de hoy. Vivir con dignidad para mi, es tener la seguridad de poder nacer bajo los cuidados necesarios (no en una cola de mercado, y lo peor: que sea reseñado en los medios como una curiosidad), de gozar de igualdad de posibilidades (no ser vetado por no llevar un determinado color), de ser arropados por la justicia (sin dudar de ella). La Libertad, otro de los valores en cuestión, es caminar sin miedo, porque aunque libre de colonizadores estés, hay cadenas igual de fuertes que te esclavizan: como la violencia, el hambre y la necesidad. De todos ellos, por lo menos nos queda la solidaridad, esa maravillosa capacidad que demostramos (más los que estamos aquí dentro de Venezuela, que los venezolanos que están fuera de ella) de socorrer al hermano que sufre, y de sufrir o reír con él si es necesario. ¡Bendita solidaridad, no te vayas! Nos quedas para no sentir que hemos perdido por completo la condición digna que determina nuestra existencia.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

¡Feliz cumpleaños Chinita!


Chinita hermosa ¡Feliz cumpleaños!, no porque sepamos el día en que viste luz en la Tierra o todo acerca de tus misterios, que son los misterios de Dios. Cumples año entre nosotros, porque tu aparición fue real. Un pueblo completo te venera. El de hoy, y los hijos de los hijos de los hijos de los hijos, que vieron tu resplandecer en esa tablita Santa y verdadera, que reposa en Maracaibo como muchas otras, tras tus apariciones en el mundo.
Los que no lo vimos también creemos, como dijo tu Hijo en la palabra: "Bienaventurado el que cree sin ver". Sobretodo Yo, he visto tus milagros y te he sentido.
Protege Madre de Jesús a mi familia, a mis sobrinas y a quienes llevamos o no tu Santo Nombre: Chinca, Chinita, Chiquinquirá. Protege a los que no creen y protege de sí mismo al que está extraviado del camino de los Mandamientos de la Ley Divina de Jehová. Intercede por nuestros pecados, limpia el corazón venezolano, que hoy padece por nuestra propia responsabilidad y crisis moral. Haz que no busquemos culpables ni salvadores, que hagamos cada quien lo propio sin mirar alrededor o señalar la falla del otro, porque ante Elí, las cuentas son solas e individuales. Te pido por las almas que dejan este mundo en las manos del ángel malvado, porque todos los hijos de Al-lāh lleguen a Él puros y sin manchas. Dale fortaleza a los familiares que quedan acá en cualquier parte, porque las fronteras son del hombre y no del Padre. ¡Chinita mía!, donde haya odio llegue tu amor y donde haya injuria el perdón del Todopoderoso. Finalmente, ayúdame a superar mis pruebas con la verdad en la boca y la humildad en mi corazón. Regálame la mano que necesito para transitar por este camino que me falta. Y que comprendamos que Dios es uno solo y que tu eres la Madre de todos. Amén.


sábado, 27 de junio de 2015

Como ser humano y como periodista

Para mi son igual de importantes dos fechas en la vida: el día de mi cumpleaños y el Día del Periodista. Me gusta celebrar (más allá de la fiesta es una celebración interna) que nací y que además he dedicado gran parte de mi vida a servir a otros escribiendo lo que yo creo, es una noticia. Ya han pasado 36 años de lo primero y 14 que comencé en lo segundo, y el día de hoy, no puedo dejar de compartir con ustedes una notica.  
Me he interesado últimamente por un hecho importante de la historia. Me llegó a través de un programa de televisión de esos electrizantes de los domingos: una hora de catástrofes aéreas seguida de “La Sociedad de la Nieve”, la historia de Nando Parrado y los 16 sobrevivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, que se estrelló en la Cordillera Andina.
Cuando lo comenté: “¡Ahhh siiii! China, ¿no habeis visto esa película? VIVEN se llama, del que se comió a la mamá, China, por Dios, ¡la película!"  Sí, Alive. Más vieja que la gaita, sí, de 1993. Claro que sé, pero no la he visto… la película.
Como no se me salía de la cabeza, y difícilmente se te puede salir una historia de la vida real que te cuenta que un viernes 13, octubre de 1972, se estrelló un avión con 45 pasajeros en la Cordillera de los Andes, donde fallecieron 29, pero después 70 días rescataron a 16 quienes sobrevivieron comiéndose a los que no lo hicieron, y que además tuvieron que pensar para hacerlo que era algo así como consumir el cuerpo de Cristo hecho pan en la eucaristía; pues tuve que leer más.
¡Canibalismo! Resaltaba de las fotos de periódicos de la época. Pero ese tema me lo dejaron bien claro los protagonistas, porque en el documental dominguero ellos mismos aclaran que el caníbal mata para comer, y que en todo caso ellos incurrieron en la antropofagia, que es el hecho de comer carne humana, esa vez, con un claro propósito de supervivencia.
Superado el tema, porque es más que obvio, justificable y hasta ratificado así por la Iglesia en su momento, que no hubo pecado y que todo se hizo en honor a la vida; me llegó tanto tanto el hecho de que en ese tiempo en el que no tenían esperanza alguna en medio de piedras, hielo, ventiscas, muertos y temperatura bajo cero grados celsius; día tras fatídico día, estos jóvenes mantuvieron una extraordinaria convivencia.
Así lo cuenta Fernando Parrado, a quien la historia identifica como el héroe, el guía que los mantuvo alertas y que cuando ya no veía más salida no dudó en lanzarse a caminar solo, impulsado por el deseo de volver a ver a su padre, dejando atrás, muy atrás, los cuerpos de su madre y su hermana Susana quienes murieron por el impacto, para no ser parte de lo inevitable.
Afortunadamente, emprendió su camino en busca de la salvación junto a su amigo Roberto Canessa. Ellos caminaron por diez días hasta que encontraron tierra firme, un río y a un arriero.
En el libro “Milagro en la Andes”, editado en el año 2006 y donde Nando cuenta su tragedia, escribió:
“Llevaba meses esperando con impaciencia el viaje y, al echar un vistazo a la cabina de pasajeros, no tenía duda de que mis compañeros de equipo sentían lo mismo. Habíamos pasado muchas cosas juntos.  Sabía que los amigos que había hecho en el equipo de rugby serían para toda la vida. Al verlos allí, en el avión, me alegré de que estuvieran conmigo”.
Este juego inculcado en el colegio por los Christian Brothers, quienes habían llegado a Uruguay procedentes de Irlanda, los preparó también para ese acontecimiento, otorgándoles cualidades para afrontar un encuentro duro con la vida: humildad, tenacidad, autodisciplina y devoción por los demás. De no haber sido así, creo que no lo habrían logrado.
También pienso en el destino. El puesto que ocupó Fernando Parrado al momento del accidente no era su puesto. Su amigo Francisco “Panchito” Abal lo hizo cambiar minutos antes para que lo dejara ver por la ventanilla. Panchito no sobrevivió al impacto y Nando sí, en el puesto de al lado.
Actualmente, Fernando Parrado tiene la edad de mi papá: 65 años. En aquel entonces tenía 19 y como la gran mayoría, era un estudiante universitario, jugador de rugby, que se dirigía de Uruguay a Santiago de Chile a practicar el deporte y a vacacionar en un vuelo privado, transportado por un avión militar cuyo piloto viró a la derecha 4 minutos antes de cuando debía.
Fernando Parrado, ex corredor de carreras de lanchas, autos y motos, empresario, productor y presentador de televisión, tiene un página web y un correo al cual escribí este 24 de junio:

¡Hola! Soy venezolana. Quiero decirte que te he conocido reciente por la tv. Ya sabía por lo que habías pasado pero es hasta ahora, tal vez por un momento particular de mi vida, que tu historia me llega y afecta.
Conocí hace unos años otras montañas frías que se parecen mucho a las de tus fotos, entre los Alpes catalanes y franceses, y aún hoy, ese frío paralizante me da miedo cuando lo recuerdo. Estuve tres días de vacaciones. Por eso me pareces admirable al punto de escribirte.
De igual modo, en la vida también hay montañas gélidas que nos quitan el aliento y por momentos nos entregamos a la resignación de que nada bueno pasará.
Pero entonces, aparece Dios, y se manifiesta en lo que hemos escuchado, aprendido y visto. La luz de la sabiduría nos acompaña y nos hace fácil o más llevadera esa cuesta arriba, aunque sea para llegar a un punto en el que aún no se escapa de la dificultad.
Ahí también entran los amigos o ese desconocido que tenemos al lado y que llegó para quedarse en esta aventura que es la vida, un día, quince días, quince años o toda la vida.
Quiero decirte que leo sobre ti porque en momentos atravieso rudas montañas nada más conmigo, con lo que sé y creo. Y la fe en Dios y el creer que habrá un río fresco que encontrar como lo hiciste tu, me anima.
Gracias Nando, ojalá te conozca un día.
Rita

Para mi sorpresa, desde algún lugar del mundo, Nando Parrado me respondió el día 25:
Muchas gracias Rita por tu cálido mensaje..!!!
Nando

Enviado desde mi iPhone


¡Qué maravillosa es la comunicación! Lo escribí como ser humano y hoy lo comparto con ustedes como periodista.

martes, 22 de abril de 2014

La casa, la foto... crónica en Macondo

Mi tributo a Gabriel García Márquez se escribió el miércoles 15 de septiembre de 2004. El día 17 sería publicado en la página B-5 del Diario La Verdad, cuerpo de Entretanto, suplemento que por varios años me tocó editar y luego de haber regresado de un viaje a Santa Marta, donde estuve varios días invitada por Hermmankis Parra y la gente del grupo actoral Acción Creativa, para cubrir la presentación de Venezuela en el Festival Internacional de Teatro de esa ciudad.

Hice juego en el equipo reporteril gratamente y como siempre con la lente cultural de "Cheo" Nava. Debo confesar que para entonces, al bajar del autobús que nos dejó en tierra samaria -donde se posa la Quinta San Pedro Alejandrino y donde se eternizaron los últimos momentos de vida de El Libertador-; tenía "entre ceja y ceja" visitar la casa de Gabriel en Aracataca. Así fue, aunque mi fotógrafo no me acompañara. 

Yo quería ver aquella vieja máquina de escribir de donde pudo haber salido el Coronel, alguna foto de Luisa Santiaga, el árbol del patio que se parecería al Castaño de su novela más inmortal, oler el olor de la guayaba, toparme con las huellas del náufrago y si tenía suerte, vivir para contarlas. 

Quería encarar algún detalle que me recordara la jaula de Baltazar, el primero de sus cuentos que leí en el quinto grado gracias a la maestra Rux Aular (hoy directora en Maracaibo de las Escuelas Fe y Alegría), y que me obligó a conocer a ese hombre chaparro y con bigote, por cuya influencia tal vez me hice periodista. 

La experiencia fue genial. Tuve que sudar para encontrar cada palabra. Y ahí estaba de pared a pared: Macondo, Macondo, Macondo. Aunque nunca quisiera dejarse de llamar Aracataca, esa tierra es la madre de Márquez y Márquez fue el padre de esa tierra. 

Comencé a buscar legado, familia, mapas y hasta fotos, que me ayudaran a subsanar la poco culposa ausencia de Nava. ¡Él me estaba cubriendo la escapada! Besos mi negro.

En ese recorrido de autobus y luego en moto que hice gracias a una cola, a mi caminata en afortunada soledad entre las paredes de aquellas estructuras que ahora no existen porque la casa fue totalmente remodelada, reuní ideas para rendir mi pequeño homenaje al premio nobel, al ejemplo admirable de todos los escritores de prensa diaria.  

¡Cuánto lamenta el mundo su partida!. A su familia quiero decir: "El Gabo" también era nuestro, así que no guarden su dolor y compártanlo, por favor.


La casa, la foto... Crónica en Macondo

Rita Padrón Carruyo
Diario LA VERDAD
Viernes 17 de septiembre de 2004


A las 10:05 el autobús de Fundación partió de Santa Marta y comenzó el recorrido hacia Aracataca departamento del Magdalena, lugar donde nació el ilustre hombre, periodista, escritor, señor de un pueblo de verdad que fue reinventado en su nombre. 
Del sitio del nacimiento leí en una biografía que antecedió el relato de La prodigiosa tarde de Baltazar, (cuentecito que desnudó en breve perfil al colombiano y su lugar igual de prodigioso entre los autores de América Latina, y que incidió en la necesidad de saber más acerca de los Premios Nobel cuando apenas entraba a acariciar los 11 años de edad). 
Las canciones de Rafael Escalona y las frases que hacían mención a la zona bananera, las cuales se imprimieron en La hojarasca, se comenzaron a pintar pasados 20 minutos en el verde de la plantación, explotada casi hasta morir por la United Fruit Company, y en los rieles interminables del tren de Santa Marta que más tarde apareció de súbito como un fantasma. 
Todo el recorrido de izquierda a derecha que los ojos hacen al disfrutar de alguna de las novelas, memorias y cuentos de Gabriel García Márquez, se repitió esta vez a través de la ventana; reflejo de una emoción que quería saltar afuera y al mismo tiempo, quedarse allí, sentada, al lado de la maestra Pancha, para poder desgastarse de puro mirar. 
El tren fue desplazado por los camioneros. Desde hace más de 20 años pasó de transportar pasajeros a sacar a pasear a otro viajante que era el carbón. "Mi papá me contó que hubo tal bonanza con la compañía bananera, que la gente quemaba los billetes porque no encontraban qué hacer con ellos. La única necesidad era la comida y, ya saciada, el pueblo se lanzó a las llamas del despilfarro, el sexo y otras pobredumbres", dijo e irrumpió en el sueño viajero la maestra Pancha, mientras seguían rodando las llantas de la Cooperativa de Transporte de la Guajira y se dejaban ver, por un lado, las montañas de la Sierra Nevada y, por el otro, lo que creí era la Ciénaga Grande de Santa Marta.Ya eran las 10.30 de la mañana. 
¡Por fin! ubicación en esta travesía hacia el Sur. Un letrero señaló que pasaba por la Gran Vía, en la carretera a Orihueca, a unos cuantos caseríos más del destino final que era Aracataca. Transcurridos minutos más tarde, el chofer dijo: "Mi niña, ya casi llegamos. Se baja por el estadio". 
El pueblo pro todos creído y llamado Macondo es tan o más deprimido que nuestro Moján. Pero de eso no se habla, no esta vez. Porque atendí el petitorio de la profesora de Literatura de la Institución Educativa Departamental Mixta Gabriel García Márquez, Aura Ballestero, quien me aseguró que "lamentablemente los periodistas vienen a mirar la superficie de Aracataca; a hablar de ignorancia y a fotografiar niños barrigones con la peor de sus caras". 
En la escuela, los niños de cero, primero y segundo grado leen Sólo vine a hablar por teléfono. Los de tercero, cuarto y quinto grado, El relato de un náufrago. Los de sexto y  séptimo grado, El Coronel no tiene quien le escriba. Los de octavo y noveno, La hojarasca. Los del décimo al onceavo, El otoño del patriarca, y los adultos particulares mayores de 18 años, Cien años de soledad. ¡Impresionante! Todos saben, hablan, respiran y disfrutan volando encima de sus carencias, montados sobre las mariposas del "Gabo".

Cuatro paredes 
Las piernas tenían un tic nervioso. Eran presionadas por la inquietud producida por querer ver ya la Casa Museo; esa que aparecía en la guía turística pintada de blanco. Al llegar al frente, bajando el triciclo (así le llaman en Aracataca a la bicicleta que empuja un cajón de dos puestos y que recorre el camino de tierra hacia su destino final, por mil pesos), me di cuenta de que era una foto vieja. Ahora era verde.
- Buenas, ¿el director?- No está. Pero viene. 
Las piernas no podían esperar. Gente entra, gente sale. En una habitación que era una sala de conferencias forzada, desarollaban un coloquio. Entonces vino el respiro: así tenía que ser esa casa.
Doctores, abogados, ingenieros, arquitectos, biólogos, catedráticos, investigadores, escritores, periodistas, poetas y locos; todos -estaba segura- sentirían igual la emoción que experimenté al mirar la verdadera casa natal, ubicada como un cuarto de muñecas al fondo de la estructura nueva que daba la bienvenida a la calle y que llamaron Casa de la Cultura Gabriel García Márquez. Ella abría los fines de semana, feriados y de lunes a viernes, en horario de oficina.
El hallazgo fue quizá una desilusión para la vista que esperaba encontrar un castillo pulcro de recuerdos, pero sin dejar de producir un grito alegre en el corazón de la chiquilla:

"Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa. No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años".
 GGM, Vivir para contarla (2002). 

Eran cuatro paredes de tablas de madera divididas en dos secciones, que en principio tuve que recorrer en soledad a la espera del director guía. En ella, sillas muy usadas, un telégrafo, una máquina Olivetti moderna, un maletín, una cocinilla de gas de dos hornillas, una escultura y un mosaico de viejas pinturas y fotografías.
En la pared, al lado de la hornilla, están bien dispuestos los retratos de la pareja: Gabriel Eligio García, el telegrafista, lucía rasgos muy indígenas al lado derecho de su esposa Luisa. Di un paso hacia la izquierda y una presencia espectral casi se sincronizó con la frase dicha cuando todavía me encontraba en la soledad de la casa: "¡Esta señora tenía una cara de brava!", y la sensación de que alguien se acercó y se paró a mi lado acompañó una disculpa susurrada. Pero, qué fue aquello: ¿casualidad? ¿realismo? ¿realismo mágico? En ese momento, llegó el director.

Con el guía
"En la casa hay unos objetos que son originales de la familia García Márquez, cosas que de verdad ellos donaron o algunos de los familiares que quedan en este pueblo, que sólo son unos primos. Hay una samaritana un poco destruida, que estaba en el cuarto donde la familia iba a rezar. Los dos retratos de los padres de "Gabo": Luisa Santiaga Márquez, la mamá, y Gabriel Eligio García, el papá; firmados por Adriano. Hay más fotos: Con el rey Juan Carlos al momento de la entrega del Premio Nobel de 1982; una donada por su primera maestra, Rosa Elena Ferguson; fotos de los abuelos: el general Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, los propietarios de esta casa. Una foto de la misma mamá de "Gabo" a los 23 años, otras del escritor y una placa de la Embajada de España, dada por una comisión que nos visitó en el año 88. Tenemos estos cuadros que nos donó un estudiante de artes plásticas de Barranquilla que recrean el cómo él soñó que se veía el paisaje de Cien años de soledad  y el de El otoño del patriarca", me explicó Odorico Guerra Salgado, coordinador cultural de la Casa de la Cultura y la Casa Museo.
En una construcción en el patio trasero, ahora con el letrero de cafetería, quedaba la vieja cocina de la familia, acompañada de una plazoleta para tertulias culturales, un auditorio para eventos y un árbol de pivijay que lo hace muy agradable. La Escuela de Formación de Vocaciones Tempranas (Efamacondo), atiende a niños, jóvenes y adultos interesados por cualquiera de las artes. A la Casa Cultural también llegan los padres que cobran la "ayuda gubernamental para el estudio infantil", que llaman Plan Colombia.

El primo
 Se llama Nicolás, en honor del abuelo materno del escritor que había participado en numerosos conflictos bélicos colombianos, por eso, modelo de los diversos coroneles que atraviesan su obra.
Nicolás Arias, según se dijo, el único familiar de Gabriel García Márquez que queda en el pueblo, se encontraba disfrutando de su afición por el billar. Armado de un taco y una silla, en medio del propio conflicto de tocar con precisión las bolas, salió de su lucha para aclarar que nunca vivió con "Gabito" en su infancia. "Él se fue de Aracata y yo no había nacido. Gabo nació en el 28 y yo en el 36". El encuentro familiar se dio después de muchos años.
" Como está ahora, así no era la casa. Lo de hoy es una semejanza. Su estado, aunque la gente lo diga, no es culpa de "Gabito", quien dicen no ha hecho nada por el pueblo. Pero... ¿qué más queremos? Aracataca es conocido mundialmente por "Gabito". Él nació aquí, nos dio un título para que la Gobernación haga por el pueblo".

Cuatro lugares aquí son considerados patrimonio cultural nacional de Colombia por estar relacionados con la vida de Gabriel García Márquez: la estación de ferrrocarril, la Casa del Telegrafista, la iglesia San José de Aracataca, donde fue bautizado y la Casa Natal.

Se acabó el día, y el sueño fue realizado. Había que volver a seguir oliendo rosas amarillas en las tablas del teatro, que también es vida en la segunda patria de Bolívar.


Nota: Aquí no vio fotografías de Macondo. Siga pensándolo como lo soñó. Y le digo: fue un honor mostrarle una nueva versión del pueblo a través de estos ojos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

SI ERES DIABÉTICO ERES CONTROLABLE

A mis queridos amigos del Club de Diabetes Vida a tu Vida presentes y futuros:
Perdonen que hasta ahora puedo escribirles en un día tan importante: el Día Mundial contra la Diabetes, una enfermedad que desde hace más de un año comenzamos a combatir juntos en nuestro Club, encabezado por esa humanitaria mujer, la Dra. Leyda Rincón.
Estoy feliz de pertenecer a este equipo de trabajo coordinando una actividad que me ha dado tantas satisfacciones y nuevos amigos. ¡Gracias! por ser obedientes, atentos a nuestros consejos y por regalar su experiencia para que otros aprendan.
La calidad de vida de un paciente diabético es posible y lo hemos demostrado. Continuaremos brindando toda la información y cuidados posibles para que cada año sean más y más los beneficiados. Para tí, que no conoces esta iniciativa, te invito a que asistas a nuestras charlas, cada 15 días, en el Auditorio del Centro Médico Paraíso, en Maracaibo. Inscríbete gratuitamente a través de: 0261-7424323 y rpadron@sisaludparaiso.com.ve.
 
Si eres diabético, eres controlable.