sábado, 24 de julio de 2021

"Canción bolivariana" de Alí Primera

Hoy, 24 de julio, se cumple un año más del nacimiento del hombre más importante de los venezolanos. Muchos ilustres de nuestro país comparten su nombre: Simón. Y el “Bolívar”, actualmente despreciado como la moneda más débil del mundo, le hace mal honor a su apellido.
En la película “El Libertador” (2013), protagonizada por el admirado Édgar Ramírez y producida por el menos conocido Alberto Arvelo, me encanta cuando al principio del rodaje describen que Simón Bolívar peleó en unas 100 batallas en contra del imperio español en Suramérica, recorrió unas 70 mil millas a caballo, y que sus campañas militares superaron 12 veces en territorio a las del rey Alejandro Magno.
Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Monte y Blanco de América de Indias, liberó cinco naciones y las quería hacer hermanas como una “Gran Colombia”.
La “Canción bolivariana” de Alí Primera contiene las palabras que sobre él se grabaron más en mi corazón que cualquiera, y que permanecen durante toda mi vida. Más que las de su famosa Carta de Jamaica, más que la imagen de la pintura más fiel que lo retrata, la cual dicen es la del artista peruano José de Gil Castro.
Mi recuerdo más vivaz de las letras de Alí Primera y de su canto bolivariano, me llega a la mente desde un salón de clases, en una escuela de Fe y Alegría (Movimiento de Educación Popular y Promoción Social, nacido en Caracas, Venezuela); que era cristiana, católica, pero que adoctrinaba con un mensaje subliminal -que llegó a mí por 9 años-, de apoyo al movimiento obrero (el cual se suponía, seríamos nosotros en el futuro).
Allí me enseñaron a coser a máquina, a bordar, a cantar. Donde vendíamos rifas anuales para “ayudar a los niños sin escuela” (los que venían detrás de nosotros) y donde al llegar al último año de educación básica, nos echaron al mundo a nuestra suerte, porque el objetivo de ese colegio no era graduar bachilleres, sino formar hombres y mujeres listos para el trabajo sencillo, con bandera de dignidad.
Mucho tiempo después, entendí que yo estudié en un lugar ubicado en la escala más baja de una sociedad venezolana clasista, donde éramos mestizos, negros, indios y ningún niño rico blanco.
En mi escuela, mi maestro de Música Trino Chirinos, un afrodescendiente de ojos saltones, charrasqueaba un cuatro (instrumento musical del folclor venezolano), entonando para nosotros las canciones de Alí Primera. En vez de con temas infantiles, protagonizamos actos culturales para nuestros padres con canciones de protesta. Tocamos gaitas, exclamamos poemas latinoamericanos, leímos cuentos de Gabriel García Márquez e interpretamos obras de teatro de Aquiles Nazoa.
En mi escuela, hacíamos “maracas” (otro instrumento del folclor venezolano) con taparas (crescentia cujete) que arrancábamos de los árboles y máscaras de Diablos de Yare con papel maché. En esa escuela, nunca me enseñaron a hacer un prototipo o robot como los de la Nasa, mucho menos a escribir en computadora, ni me invitaron a pensar qué carrera me gustaría estudiar en la universidad. En esa escuela, vivíamos en fábula las luchas diarias del pensamiento bolivariano.
Hoy, cuando se cumplen 238 años del nacimiento del hombre más influyente de la historia colonial de América Latina, les comparto mi canción, y espero que entiendan que en la niñez no sabemos de imperialismo yanqui, no decidimos ser comunistas o socialistas, no nos enredamos en partidos políticos, porque no tenemos que ser nada, sólo niños. Pero, eso que nos hacen cantar y escuchar, cala mucho y definitivamente, nos define en el futuro. A mí en particular, ese tipo de enseñanza no me hizo mal, ni una mujer de izquierda o de derecha, sólo un ser pensante.
“Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. Simón Bolívar.