
La dignidad significó para el filósofo Kant que la persona humana no tiene precio, sino dignidad: "Aquello que constituye la condición para que algo sea un fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor intrínseco, esto es, dignidad". Para Jacques Maritain, el valor de la persona, su libertad, sus derechos, surgen del orden de las cosas naturalmente sagradas que llevan la señal del Padre de los seres. Dice que la persona tiene una dignidad absoluta porque está en relación directa con lo absoluto. Es decir, porque somos imagen y semejanza de Dios, en puros términos teológicos. El blog del profesor Charbel Matar, de donde se desprenden estas ideas, recalca que: La dignidad de la persona como valor central, emana de los valores como la justicia, la vida, la libertad, la igualdad, la seguridad y la solidaridad, las cuales son dimensiones básicas de la persona, que en cuanto tales se convierten en valores y determinan la existencia y legitimidad de todos los Derechos reconocidos por el ordenamiento jurídico. A su vez, esos valores (justicia, vida, libertad, igualdad, seguridad), dice el blog, están indisolublemente unidos por su raíz y fundamento: el valor de la dignidad de la persona humana. Para mi, vivir con dignidad es un derecho muy relacionado con todos los valores del Ser: El valor de la vida y el de la vida digna, que plantean muchos cuestionamientos desde el punto de vista religioso y hasta legal, no pueden circunscribirse al derecho de la libertad que nos remonta a la esclavitud de los pueblos, al sometimiento histórico o la alienación, como lo plantean los discursos políticos de la Venezuela de hoy. Vivir con dignidad para mi, es tener la seguridad de poder nacer bajo los cuidados necesarios (no en una cola de mercado, y lo peor: que sea reseñado en los medios como una curiosidad), de gozar de igualdad de posibilidades (no ser vetado por no llevar un determinado color), de ser arropados por la justicia (sin dudar de ella). La Libertad, otro de los valores en cuestión, es caminar sin miedo, porque aunque libre de colonizadores estés, hay cadenas igual de fuertes que te esclavizan: como la violencia, el hambre y la necesidad. De todos ellos, por lo menos nos queda la solidaridad, esa maravillosa capacidad que demostramos (más los que estamos aquí dentro de Venezuela, que los venezolanos que están fuera de ella) de socorrer al hermano que sufre, y de sufrir o reír con él si es necesario. ¡Bendita solidaridad, no te vayas! Nos quedas para no sentir que hemos perdido por completo la condición digna que determina nuestra existencia.