A veces la ignorancia se conjuga con las herramientas propias a mano, y movida por la vanidad y la insatisfacción con uno mismo, la cosa termina en tragedia ¿Qué mujer en este país y en cualquier otro no quiere verse hermosa? ¿y hermosa para quién?, es la mejor pregunta.
Lo confienso que no soy de las damas más arregladas. Hago poco ejercicio y no hago dieta, aunque me cuido de lo que como por mis antecedentes familiares con respecto a la diabetes, enfermedad que, he visto, acaba con gente muy joven sólo por no darle importancia a lo que se llevan a la boca. Tampoco tengo un cuerpo escultural, soy una mujer mediana, de piezas gruesas y lo que más he cambiado por influencia de la moda es mi cabellera.
Pero, ¡cuánta cosa uno ve en los medios! Cuántas "mamacitas", técnicas y mercancía "te venden para lograr lo que siempre has soñado", hasta que uno va y ¡plat!, cae como un plátano.
Lo que quiero contar es que pese a que no pagaría jamás por una cirugía innecesaria y menos al ver tantas mujeres lindas que dejan hijos huérfanos o pierden la vida por quitarse una feura que nunca tuvieron; he comprobado que no hay nada más frágil que la vida y que fácilmente podemos penderla de un hilo.
Con una crema reductora y un par de vendas en los brazos -ya saben- para combatir la flacidez que llega con el paso de los años; me acosté anteayer, y en total y absoluta ignorancia caí en el profundo sueño del "quién sabe qué vendrá mañana".
A eso de las 3.30 de la madrugada, dormida sobre uno de los brazos, me desperté con ganas de quitarme el vendaje "milagroso" que me daría una franelilla y un mejor aspecto, si tenía constancia y lograba llevar a cabo un tratamiento de varias sesiones.
La pereza de abrir los ojos para no perder el sueño me quería ganar el juego, pero finalmente decidí quitarme las vendas, no sé si por calor o por un mandato del cielo. Al hacerlo, no sentía los brazos. Uno de ellos estaba mucho más pesado. Con alarma desperté por completo y se me paralizó el corazón.
Era cierto que algo pasaba con el brazo sobre el que me quedé dormida, desde que coloqué los torniquetes hacía unas cuatro horas antes, hasta ese afortunado momento. No quería enceder la luz por temor a que el brazo estuviera morado, grangrenado, perdido, desgastado. Algo de eso pasaba porque sentía que era un miembro crecido y desfigurado.
Al encencer la luz hubo un alivio. Allí estaba mi brazo, todavía de aspecto normal; pero blanco, duro, hinchado. ¡Menos mal! que no ensangrentado ni explotado, pensé. La mano era la de un hombre, muy grande y con dificultad para cerrarla.
Durante todo ese tiempo, CUATRO HORAS, había cortado el buen fluido de la sangre y habían pasado 2 horas por encima de lo que -más tarde encontré en internet- era el tiempo tope para llegar a un peligro que me iba a dejar sin la total movilidad de mi brazo.
Al hacer un torniquete en los miembros superiores, cosa que se utiliza sólo para parar hemorragias ante cortaduras y pérdidas y que debe ser monitoreado con permanencia; hice una isquemia, un bloqueo que podía matar mis células, mis tejidos. Eso sin contar la formación de cuágulos, que al desatar el torniquete y por la misma presión de la sangre, podrían dirigirse a cualquier parte del cuerpo, tapar una arteria y ocasionarme un paro.
¿Qué habría pasado conmigo si no hubiera despertado? En el peor de los términos, tal vez, muchos habrían pensado en el suicidio y no en que cometí una ingenua torpeza.
¡Gracias a Dios!, el afán de embellecerme no me hizo daño. Hoy fui al médico y me explicó los peligros de esta práctica y estoy bien, pero escribo esta nota con un poco de dolor ante ciertos movimientos.
Esa noche, después del susto, por primera vez me besé las manos, éstas con las que trabajo. Por primera vez, me besé yo misma. Quiérete como eres amiga, ahora yo lo hago.
